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TERCEROS Y HUECOS DE BUENOS AIRES

El llamado "Manso" era el más importante de los terceros, tanto por extensión como por el caudal casi permanente que poseía. Tenía su origen en tres lagunas formadas en lo que hoy es la esquina Saavedra y Belgrano y sus alrededores. Luego de una serie de zigzags el curso del tercero se encaminaba por la calle Saavedra y su continuación, Paso.

En este lugar, veía aumentada su corriente gracias al aporte de un extenso bañado que había dentro del perímetro formado por las actuales calles Corrientes, Anchorena, Córdoba y Pasteur. Continuando Paso, cruzaba por detrás de La Recoleta desviándose levemente hacia el Norte en busca de la calle Austria.

Esta zona era otro inmenso bañado cubierto de sauces, juncos y pajones infestado de mosquitos, moscas y de cuanta sabandija estuviera suelta y, por ser un paraje bajo, estaba expuesto permanentemente a las crecidas del Río de la Plata. Ése fue el lugar en el que Rosas hizo construir, rellenados los terrenos, su residencia entre 1836 y 1638, por el ingeniero José Santos Sartorio y conocida como "Palermo de San Benito".

El vasto predio estaba limitado al Norte, por el arroyo Maldonado, al Este por el Camino del Bajo, hoy avenida del Libertador y al Sur, por el Tercero Manso en su cauce de la calle Austria. Recordamos, antes de continuar, que la casona de Palermo fue dinamitada el 3 de febrero de 1899.

Volviendo al Manso, diremos que éste no contó en su nombre con ningún aditamento de zanjón ni con otra denominación que no fuera Manso. A causa de correr algo alejado de la ciudad, no tuvo la fama de sus colegas siendo su mayor lustre, como ya vimos, el hecho de haber servido de límite a la propiedad del General Rosas.

Seguramente, el Manso confundía originariamente sus aguas con el bañado del mismo modo que, ya rellenado el lugar, debió alcanzar el estuario entre algunos de aquellos 100.000 sauces que don Juan Manuel mandara a traer de las Islas del Delta.

Hasta aquí hemos presentado a los más importantes "terceros" pero no se agota el tema, ya que también existían otros zanjones más cortos, situados en los arrabales de la población y, por tales razones, menos conocidos. Así, por ejemplo, en inmediaciones de la actual calle Río de Janeiro un tanto alejado del casco urbano de principios del Siglo XIX, se halla uno de estos anónimos zanjones.

Otro corría por la Avenida Centenera desembocando en el Riachuelo. Como para ejemplarizar sobre la existencia de múltiples cañadas recordemos que en la actual calle Benjamin Victorica, en el barrio de Villa Urquiza, había aún por 1945, dos hondas zanjas que abrazaban la arteria aún de tierra en una extensión de varias cuadras. Era costumbre que los vecinos colocaran, como en el viejo "Matorras", puentes portátiles de madera para facilitar el paso en los días de lluvía.

La corriente que se formaba entonces no era nada inocente y desbordaba por sobre la actual Avenida Triunvirato. En ese lugar exacto, Triunvirato y La Pampa, se formaba una gran laguna que impedía por días el tránsito. Muchas veces los vecinos solicitaron a través de los diarios y por otros medios, que la Municipalidad la segara para permitir, por ejemplo, que los escolares pudieran concurrir a los establecimientos de educación de la zona.

Otro de los arroyos barriales, era el "Vera", el que aún hoy hace de las suyas en días de tormentas por el Barrio de Belgrano. Corre debajo de la calle Blanco Encalada, cruza Cramer, esquina a la que se conocía como "El Pozo" y desemboca detrás de la Ciudad Universitaria, luego de atravesar las vías del Ferrocarril Bartolomé Mitre.

En el mismo Barrio de Urquiza, sobresalían otros tres zanjones, uno el de la calle Olazábal desde la actual Burela y hasta Álvarez Thomas, que se convertía en un rico criadero de ranas y, el tercero, y no justamente llamado "Tercero", el titulado Arroyo Blanco Encalada; un curso semiseco que en las épocas de lluvia desbordaba formando un enorme lago con la ayuda del "Zanjón Olazábal".

A todos estos zanjones, verdaderas bocas de tormenta de la ciudad, habría que sumarles los bañados o lagunas, algunas de las cuales ya citamos. Así, en el llamado Barrio de San Juan, al Este de la población y en los alrededores de las calles Alsina y Piedras se formaban varios bañados a los cuales se los conocía como "Las Lagunillas".

Más al Noroeste, en el sitio en que a fines del Siglo XVIII se construyó la histórica Iglesia de San Nicolás, actual Plaza de la República, donde se alza el sello distintivo de Buenos Aires, el Obelisco, se extendía una vasta laguna o pantano en donde al decir de los cabildantes "sin exageración puede navegar en tiempos de lluvia cualquier menor embarcación".

Si bien este trabajo trata de describir y recordar terceros y huecos, pensamos que no es inoportuno señalar por lo menos la presencia en Buenos Aires, de un río y dos arroyos que desde siempre están integrados a su historia.

El río, dejando de lado el nombre "Solís" y hoy Río de la Plata, no es otro que el Riachuelo, llamado inicialmente Río Pequeño, Río de los Querandíes, luego Riachuelo de las Canoas o de los Navíos, Río de Buenos Aires, Riachuelo del Puerto, Chuelo, Río de Barracas y Riachuelo de la Boca. El que, por si fuera poco, tal chorrera de nombres, desde su nacimiento, más precisamente desde el Paso de la Horqueta, recibe el título de Río Matanzas.

Los indios lo ignoraron a tal extremo que no le dieron nombre, lo que de por sí, es una curiosidad de peso.

Manso, lento, esmirriado, sistemáticamente castigado por los pobladores de sus riberas, olvidado y querido, desbordante y oloroso, es posiblemente uno de los ríos menos considerado y humilde del mundo.

Su extensión no supera los 80 kilómetros en un país en donde sus similares se miden en centenares. Nace en el Partido de Las Heras en la Provincia de Buenos Aires.

Castigado también por la naturaleza, con estoicismo soporta las sudestadas que otrora tornaron pantanosas e intransitables sus costas; recordamos nomás lo que escribía el Teniente Coronel Lancelot Holland.

Desde siempre hizo de límite Sur de la ciudad y cobijó su primer puerto, sus iniciales astilleros, sus recordadas barracas y saladeros.

Es bueno tener presente que el mal trato humano al Riachuelo viene de lejos, ya en febrero de 1860, se prohibía arrojar a sus aguas la salmuera y la sangre de los animales sacrificados en estos últimos establecimientos.

Rectificado, nauseabundo, escenario de hechos históricos, en el Río de la Plata frente al actual Canal Sur.

Eduardo Pinasco, seguramente el historiador que más se ha dedicado a memorarlo, dice de él en su "Biografia del Riachuelo": "Río bohemio, desaliñado, desprolijo siempre, a veces impetuoso, pero manso, lento, seguro. Hermano espiritual del Sena, en sus muelles se canta al amor y a la esperanza y se hacen realidades sueños de pintores y poetas".

Quedan dos arroyos. El más famoso de ellos es otro vilipendiado y nada estimado accidente geográfico: el "Maldonado". Menos considerado aún que el Riachuelo y más vergonzante al extremo de haber sido ocultado. Nace en la Provincia apenas en el hoy Gran Buenos Aires. Cruza los barrios de Liniers, Villa Luro, Vélez Sársfield, Santa Rita, Villa General Mitre, Villa Crespo, Villa Malcolm y Palermo.

Se trata de un curso de más de 70 cuadras de extensión que en nada se manifiesta de importancia. Y en verdad no la tiene. Su lecho profundo coronado de orillas barrancosas, contenía una serpentina de agua semiestancada. Todo el conjunto no era nada más que un sumidero de basura, siempre que no lloviera. Si lo hacía, el arroyo se convertía no ya en un riacho, sino en un impetuoso y caudaloso río el que salía entonces de madre como un monstruo malhumorado al ser despertado de improviso. Aún hoy, en tales ocasiones, se agita en su prisión de cemento y repite la añosa y terca aventura.

Porque el tema de los desbordes complicó siempre a la ciudad y a la actividad de sus pobladores. Así lo atestigua Diego A. del Pino citando a la "Gazeta Ministerial" del miércoles 19 de enero de 1614:

"Buenos Aires, 5 de enero. A las 6 de la tarde de este día salió el General Alvear con parte de las tropas a su mando a ejercitarlas en el Campo de los Olivos distante 4 leguas de la Ciudad. La crecida del Río Maldonado retardó el paso del Ejército y se vieron obligados los soldados a practicarlo en desfilada de uno a uno".

El motivo de su nombre se pierde en el tiempo y en la leyenda. Tres son las que han llegado hasta nuestros días. La primera, contada por Ruy Díaz de Guzmán en su "La Argentina o Historia del Descubrimiento y Conquista del Río de la Plata", habla de una mujer, "La Maldonado", quien durante los terribles días del hambre fundacional, deseperada, abandonó el pueblo internándose en la pampa infinita.

Cuenta don Ruy que en su vagabundeo ayudó a una puma a tener sus cachorros, desmayada al lado de la fiera y sus dos hijos, fue hallada por una partida de indios, quienes ni lerdos ni perezosos se la llevaron a la toldería.

Al paso del tiempo fue finalmente rescatada por un grupo de soldados pero, a raíz de su doble pecaminosa acción de abandonar el pueblo y refugiarse entre los salvajes, es condenada a muerte.

A tal fin, fue atada a un tronco a la vera de una encajonada corriente de agua. Rodeada por las noches de alimañas, fue defendida por la leona a la que ella había ayudado.

Tres días más tarde volvieron los soldados que contemplaron asombrados que "La Maldonado" vivía y era custodiada por la fiera y sus dos cachorros. "Desatada la mujer por los soldados, la llevaron consigo, quedando la leona dando muy fieros bramidos, mostrando sentimientos y soledad de su bienechora y haciendo ver, por otra parte, su real ánimo y gratitud y la humanidad que no tuvieron los hombres", al decir de Ruy Díaz de Guzmán.

La segunda y no tan leyenda, es citada por Ricardo Luis Molinari: "La acequia recibió más tarde la denominación tradicional de Arroyo Maldonado por referencia al nombrado y prestigioso vecino Hernán Suárez Maldonado, dueño del molino y tierras colindantes".

La última, tan leyenda como la primera, es anotada por el escritor Roberto Boracchia: "En verdad no hay documentos positivos que atestiguen tal origen del nombre Maldonado, y otro sería el de la otra Maldonado (se refiere al mito narrado por Diaz de Guzmán), la hermosa nativa, incitante y cuartelera, que pierde la vida en un tormentoso drama pasional. Su madre, enloquecida, recorre por las noches las cercanías del apeadero estación Palermo, llamándola por su nombre de batalla: Maldonado".

Aín queda una última especulación, la que hace Diego A. del Pino en su obra "Historia y Leyenda del Arroyo Maldonado":
"Maldonado, que tiene mal don... Acaso el destino lo haya asociado al significado duro y seco del nombre: con un mal don.. Pero, fue así?"

Un arroyo de condiciones tan especiales como era éste, hizo necesaria la construcción de por lo menos un puente. Felizmente su existencia quedó registrada en el acta de la sesión del Cabildo del 30 de junio de 1614. Y decimos felizmente porque atestigua por un lado, que este puente fue el primero de que tenga memoria Buenos Aires y por el otro, porque en cierta forma certifica lo expresado por Ricardo Luis Molinari:

"la puente que estaba hecha sobre la acequia del molino de Hernán Suárez Maldonado que es una legua desta ciudad por haberla desbaratado y robado las aguas y ser el dicho camino mui pasagero por haber muchas chacras por aquella parte".

Y dónde estaba?. Es posible que estuviera emplazado en el Camino del Bajo, dejando atrás el Barrio "Recio", la futura Recoleta, sobre la actual avenida del Libertador.

Posteriormente se construyó otro más hacia el oeste. De él tenemos noticia gracias al diario "El Nacional" del viernes 4 de enero de 1896:

"La Comisión encargada de la traza del nuevo pueblo de Belgrano ha solicitado al Gobierno la construcción de un nuevo puente en el arroyo de Maldonado frente a Palermo, el cual conduciría directamente al nuevo pueblo, ahorrando así la vuelta que hay que dar por el puente viejo".

El proyectado se ubicaba sobre el camino a Belgrano, seguramente en el mismo lugar en el que el hoy famoso "Puente Pacífico" cruza la avenida Santa Fé sobre nivel, en el cruce con Juan B. Justo. Hasta 1870 fue de madera como el puente Gálvez situado sobre el Riachuelo. Posteriormente se lo suplantó por otro de material y por cuyo tránsito se cobraba peaje.

Manuel Bilbao nos dejó un colorido relato en su obra "Buenos Aires", de los tiempos en que el Maldonado hacía las veces de límite entre la ciudad y el Partido de Belgrano. El puente se convertía en el único "vínculo seco" "(...) al cruzarlo el viajero nocturno se encontraba con el rondín de policía de la provincia, compuesto de un cabo y dos soldados armados de sus sables al cinto, la carabina cruzada a la espalda, el quepis colorado con la "P" de la policía en su frontera, el poncho oscuro por fuera y de colorado forro, montados en sus caballos respectivos, los que ejercían la vigilancia de la zona (...). El rondín prestaba auxilio a los que se empantanaban".

Otro de los puentes iniciales estaba en el cruce del Maldonado con la Avenida Corrientes, para facilitar la comunicación con la Chacarita y el famoso "Camino del Fondo de la Legua", hacia el Norte.

A medida que los asentamientos se fueron propagando en ambas riberas, se multiplicaron los puentes. Precarios la mayoría, tuvieron múltiples arquitecturas. Se conserva una vieja fotografía de 1909 que muestra el sólido y a la vez simple armazón situado sobre el arroyo a la altura de la calle Loyola, soportando el peso de 18 personas que posan muy serias para el fotógrafo.

El Maldonado no se limitó por otra parte, a ser estorbo y referencia. Así, por ejemplo, se cuenta que Liniers se refugió luego de sus derrotas durante la defensa de Buenos Aires en 1807 contra los ingleses, en un ranchito llamado De Castro, situado a la vera del arroyo en la zona de la actual Ciudadela.

El 28 de octubre de 1833 y en el marco de la llamada "Revolución de los Restauradores", se enfrentaron en sus márgenes el Coronel Manuel de Olazábal y el Jefe Revolucionario, el también Coronel Martín Hidalgo.

La refriega, en la que triunfó el primero, se conoció como "Combate del Maldonado".

En el Archivo General de la Nación se encuentra un testimonio de compra venta de un campo por parte de Don Pedro Fernández de Castro quien poseía una extensión de "1350 varas de tierra de cabezadas para chacra de frente y media legua de longitud, que corren al frente desde la Cañada (Arroyo Maldonado) que ha de desembocar al Río de la Plata en el pago de La Matanza".

El comprador pagó el 14 de mayo de 1703, 506 pesos con 2 reales de plata por las tierras, pero este documento nos da también el hilo histórico que acabaré justificando el nombre del actual Barrio de Monte Castro. El campo, originariamente cubierto de un tupido bosque natural fue conocido como "Chacra de Castro" o bien "Monte Castro" en alusión a su riqueza arbórea. El último toponimio acabó incorporándose a la Ciudad definitivamente.

El panorama fue transformándose al ritmo del tiempo

Veamos así lo que informaba la "Revista de Impuestos Internos" en octubre de 1906:

"Se hallan muy adelantadas las obras del viaducto que está construyendo la Empresa del Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico en la margen derecha del arroyo Maldonado. Actualmente, se están ajustando las piezas del puente metálico que permitirá el paso de los trenes por alto nivel en el cruce de la avenida Santa Fe, y revocándose el edificio de mampostería en uno de cuyos extremos se apoya una de las cabeceras del puente".

Por supuesto que todo esto no impidió que el arroyo continuara haciendo de las suyas en cada tormenta.

Para trasponerlo había que seguir lidiando con los barriales, "(...) arremangándose al llegar al Puente del Maldonado, para ir a la Capilla de Regina Coeli", según dice el Padre José Brunet recordando las jornadas de principio de siglo.

Fue por esto que el 23 de junio de 1911 se aprueba la Ley Nº 8.128 a fin de efectuar las obras "de defensa de inundaciones y auxilio pecuniarios a los inundados del Riachuelo y Maldonado". Por esta ley se autorizaba al "Poder Ejecutivo a invertir hasta la cantidad de cien mil pesos Moneda Nacional para prevenir en lo posible las inundaciones próximas, realizando las obras prescriptas en el artículo 4 de esta ley a la mayor brevedad posible".

El citado artículo ordenaba la limpieza de los cauces y, de quedar algún remanente del aporte de los 100.000 pesos, destinarlos a "dar principio a las obras definitivas que resulte necesario hacer de los estudios que actualmente se practican".

 

No se logró nada, si es que algo se intentó hacer.

La solución pareció llegar con el entubamiento que se proyectó en 1936. La obra consistia en hacer desaparecer al Maldonado construyendo sobre él una Avenida. El 5 de abril de 1937 se iniciaron los trabajos con un presupuesto de 4.735.000 pesos y el aporte de mil obreros. Rápidamente quedó oculto el arroyo bajo una galería de cemento. Se habrá quedado sorprendido y desorientado el Maldonado. Fue tal la celeridad que el 9 de julio de 1937 se inauguraban 50 cuadras, las que iban de Santa Fe a Nazca.

El sector que restaba de allí hasta la ya presente Avenida General Paz, debió esperar hasta e1 9 de mayo de 1950 para ver abrir la correspondiente licitación.

El objetivo de ocultar el Maldonado se logró con creces; sin embargo, no se pudo silenciar al viejo arroyo y éste, de tanto en tanto, deja oir aún sus rugidos, rugidos que se nos ocurre, son un eco de los lejanos reclamos de la también vieja leona de la leyenda de "La Maldonado"... Basta, ahora, mencionar al Arroyo Medrano, otra curiosidad en la topografía y la historia de la Ciudad.

Estaba situado bien al Norte de la Ciudad original en medio de la pampa. Muy al Norte, corriendo por los actuales barrios de Saavedra, Urquiza, Belgrano y Núñez. Desembocaba en el Río de la Plata a la altura de la hoy Estación Rivadavia del Ferrocarril Bartolomé Mitre.

Sabemos de su lejana presencia apenas al sur de la Estación Coghlan. Sin duda que el hecho de estar tan alejado de la ciudad por muchos años, impidió contar con cronistas.

Nos lo imaginamos sujeto a los caprichos, cuándo no, de las lluvias, convirtiéndose así alternativamente en cauce manso y pobre y río desbordado.

Lo que lo trajo a la consideración de la historia fue una ley, la 2.676 dictada el 6 de noviembre de 1889. Tal norma encomendaba a la firma "Wenceslao Villafañe y Cía." la construcción de un "Puerto de abrigo en el arroyo Medrano y construcción de dos canales de circunvalación".

En el Puerto se construirían talleres a la vera de los dos canales que unirían el Medrano con el Riachuelo, de 20 a 30 metros de ancho y de 2 a 5 metros de profundidad. Se tenderían avenidas empedradas y macadanizadas con tres hileras de árboles y trazado para tranvías, Puertos de Embarque y terraplenes de un ancho de 136,80 metros en toda su longitud, la gigantesca obra qus se daba en concesión por 99 años, jamás se llegó a iniciar y todo caducó el 6 de abril de 1894.

Fue una lástima porque sin duda que el Medrano perdía la oportunidad que jamás ya se le presentaría de ser famoso para siempre...

Y llegamos así a 1886 cuando el Intendente Torcuato de Alvear decide en el Consejo Municipal:

"La supresión de los antiguos terceros ha sido una de las obras que con mayor interés ha emprendido el infrascripto en el año anterior. Veinticinco cuadras de las ocupadas por ellos, que antes imposibilitaban el tráfico y el tránsito, han sido rellenadas y adoquinadas en el nivel correlativo que les corresponde (...)

Con la terminación de estas obras, habrán desparecido por completo los inconvenientes de la vialidad ocasionados por el deplorable estado de esas calles, dejando en perfecto estado las propiedades en ellas existentes".

Sí, la ciudad lo merecía. La "Gran Aldea" iba quedando inexorablemente en el pasado. Pero, en el pasado también, con su carga de vaporoso romanticismo, se perdieron ya sin posibilidad de retornos las leyendas, las anécdotas y hasta el encantador aroma de los dulces del "puente de las beatitas".

 

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